La sofocación de las pulsiones tiene consecuencias en el aparato psíquico de los sujetos. Como mencionamos, el primero objeto de las mociones sexuales tiernas y sensuales es la madre (tanto para el niño como para la niña); esto responde también a una incitación de los padres, pues su ternura presenta los caracteres del quehacer sexual, inhibido de sus metas. A esta elección de la madre como el objeto de amor, se anuda el complejo de Edipo, es decir, que el infante buscará la satisfacción sensual con la madre (hasta donde llega su capacidad de representación), la querrá sólo para sí, estará enamorado de ella; asimismo, verá al padre de forma ambivalente: por una parte, es una presencia molesta, un oponente sexual a quien quiere destruir; por la otra, da muestras de gran ternura hacia él, quisiera ser como él (le admira) . El complejo de Edipo significa una elección de objeto según apuntalamiento respecto de la madre, y un apoderamiento del padre por identificación.
En el complejo de Edipo el varoncito tiene dos posibilidades de satisfacción: 1) situarse en el lugar masculino, del padre, y mantener comercio sexual con la madre, a raíz de lo cual siente al padre como un obstáculo, o 2) querer ser como la madre y hacerse amar por el padre, en cuyo caso la madre sale sobrando.
Este complejo de Edipo, cuando no es consumado, se resigna a raíz de dolorosas situaciones acontecidas: la imposibilidad de su satisfacción, así como la amenaza de castración. En el niño, el conocimiento de que la mujer no tiene pene (está castrada) le hace inferir que la consumación del complejo implicaría la pérdida del pene, lo cual implica un conflicto entre el interés narcisista del niño por su pene y de la investidura libidinosa de los objetos parentales (perder el pene vs. consumar el complejo). Normalmente, triunfa el interés narcisista, por lo que el varón se extraña del complejo y éste se sepulta.
En la niña, igual que en el niño, el primero objeto de amor y de sus mociones sexuales también es la madre, a quien considera fálica (que tiene pene). Asimismo, la niña considera que su clítoris (que se comporta igual que un pene) es demasiado pequeño, lo cual le hace sentir inferior y perjudicada; al vislumbrar los genitales del otro sexo (el pene) cae en cuenta que eso que ella tiene (el clítoris) no es un pene y, por ello, dará inicio el complejo de castración; al mismo tiempo, se consuela con la expectativa de que después tendrá un pene grande (como el de los hombres). Esto significa que, a diferencia del niño, acepta la castración como un hecho consumado y, sólo posteriormente, resignará la expectativa de tener un pene, mas no sin un intento de resarcimiento. De su falta de pene, hará responsable a la madre, no se lo perdona; gracias a esto es posible que le abandone como objeto de amor, lo cual hace bajo un signo de hostilidad (el extrañamiento de esta ligazón terminará en odio).
Posteriormente, la niña se volteará al padre como objeto de amor y deseo sexual; dicha consumación se realiza con ayuda de las mociones pulsionales pasivas, que acontecen cuando la niña abandona la masturbación a través del clítoris. La dependencia respecto del padre será la heredera de la intensa ligazón que tuvo con la madre, como primer objeto de amor.
En un inicio, el deseo de la niña hacia el padre es, originariamente, un deseo del pene que la madre le negó y ahora espera del padre; en un momento posterior, este deseo será sustituido por el deseo de un hijo: si no puede tener un pene, entonces recibirá, como un regalo, un hijo del padre.
Es, en este momento, que comienza el complejo de Edipo en la niña, en el que permanecerá por un tiempo indefinido, y sólo después deconstruirá, aunque de forma incompleta.
Ahora bien, para que la niña alcance el desarrollo “normal” de su sexualidad, será necesario que cambie de vía no sólo el objeto sexual, sino también la zona genital rectora (del clítoris a la vagina).
Con el sepultamiento del complejo de Edipo, se resigna la investidura de objeto de la madre (del padre, en el caso de la niña), que se reemplaza ya sea por una identificación con la madre (o del padre) o por un refuerzo de la identificación con el padre (o de la madre).
En la pubertad, después del periodo de latencia, la pulsión sexual plantea sus exigencias con toda su fuerza, lo cual implica retomar los objetos incestuosos e investirlos libidinosamente otra vez, pero, igual que la vez anterior, debe desasir a la madre (o al padre) de sus deseos libidinosos, elegir otro objeto de amor, real y ajeno a su familia, y reconciliarse con los padres, sólo así podrá convertirse en miembro de la comunidad social.
Una de las consecuencias del sepultamiento del complejo de Edipo, específicamente de la identificación que se da con el padre, es la introyección, en el yo, de la autoridad del padre, lo cual da nacimiento a la instancia moral llamada superyó.
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