Las pulsiones son esfuerzos inherentes a lo orgánico vivo, el representante psíquico de los estímulos o requerimientos que hace el cuerpo a la vida anímica y que operan como una fuerza constante de la que no puede huirse, por lo cual obligan al sistema nervioso a renunciar a su propósito de mantener alejados los estímulos, aunque no cesen de buscar ese estado (anterior). Dada esta última cualidad, es que puede afirmarse que las pulsiones son, históricamente, de naturaleza conservadora.
Pueden distinguirse, respecto de las pulsiones, la meta, el objeto, y la fuente. La meta es la satisfacción de la pulsión y es invariable, aunque los caminos que llevan a ella pueden ser diversos; existen metas inhibidas, y metas no inhibidas, siendo las primeras aquellas en los que el proceso avanza en el sentido de la satisfacción y luego sufre una desviación o inhibición que la lleva a una satisfacción parcial, y las segundas aquellas en que la satisfacción se da de forma directa. El objeto, por su parte, es aquello que permite alcanzar la meta de la pulsión, que puede ser tanto una parte del propio cuerpo como un objeto ajeno. Finalmente, la fuente hace referencia al proceso somático cuyo estímulo es representado por la pulsión.
Las pulsiones siempre operan como una fuerza constante que no deja de aspirar a su satisfacción plena (la repetición de una vivencia primaria de satisfacción, mítica), no se puede huir de ellas, aunque su estímulo sí puede ser cancelado mediante una modificación, apropiada a la meta, de la fuente interior del estímulo.
Existen dos pulsiones básicas: Eros (de vida), y de muerte. Las pulsiones de vida son de dos tipos, sexuales y de autoconservación (yoicas).
Las pulsiones sexuales brotan de múltiples fuentes orgánicas; son múltiples, lo cual les permite descomponerse en pulsiones parciales que al inicio actúan con independencia entre ellas y tras una trayectoria de desarrollo, con muchas restricciones y mudanzas, llegan a la sexualidad “normal” de los adultos.
Su meta puede ser de dos tipos: 1) alcanzar, por todos los medios, la prolongación de la vida; 2) el placer de órgano. A partir de lo anterior, y sumado a que pueden intercambiar con facilidad sus objetos e, inclusive, sublimar, pueden distinguirse como pulsiones sexuales de meta no inhibida, que pierden su energía cada vez que hay satisfacción, y las de meta inhibida, no sexual, que son particularmente aptas para crear ligazones duraderas.
Aunque las pulsiones sexuales neutralizan los procesos que provocan las pulsiones de muerte, tienen un componente sádico, no están exentas de crueldad.
Desde el inicio, las pulsiones sexuales reclaman un objeto. Al principio se comportan de manera autoerótica (toman al propio cuerpo como objeto) y se apuntalan en la satisfacción de las pulsiones de autoconservación, de la que sólo más tarde se independizan. Esto significa que los dos objetos sexuales originarios sean uno mismo y la persona que está a cargo del cuidado y la nutrición (la madre); específicamente, será el pecho materno el punto de partida de toda la vida sexual, pues se toma como el modelo inalcanzado de la satisfacción sexual posterior.
Un concepto que deviene de las pulsiones sexuales y sin el cual no podría entenderse la teoría freudiana, es el de libido. Freud utilizó este término latino para designar la exteriorización de la energía cuantitativa de las pulsiones. Esta energía tiene fuentes somáticas y afluye al yo desde diversos órganos y partes del cuerpo, de tal suerte que el yo es el gran reservorio de la libido, de donde esta parte y a donde puede, nuevamente, regresar. La libido se relaciona con todo lo que puede sintetizarse como “amor” en sentido amplio (no exclusivamente el sexual), y su núcleo se encuentra formado por el amor cuya meta es la unión sexual.
Las pulsiones de autoconservación o yoicas, como su nombre lo indica, se encargan de conservar al individuo, por ello no se satisfacen nunca de forma autoerótica, y las dos más elementales son el hambre y la sed. Una parte de estas pulsiones yoicas son de naturaleza libidinosa y toman al yo como su objeto, en vez de a un objeto externo.
La pulsión de muerte, finalmente, pretende reducir o suprimir la tensión interna del estímulo, conducir la vida hacia la muerte; por ello, su meta es disolver nexos y destruir las cosas del mundo. Dado que se encuentra, desde el comienzo, asociada a las pulsiones de vida, una parte de ellas es desviada del sí-mismo propio y dirigida hacia afuera, al mundo exterior y a otros seres vivos.
Cuando produce efectos en el interior, lo hace de forma muda, inadvertida, y da origen a la conciencia moral; cuando se dirige hacia fuera, se le conoce como pulsión de destrucción.
Las pulsiones, descritas como lo acabamos de hacer, parecen ser independientes las unas de las otras, mas no es así. Estas pulsiones se encuentran mezcladas, amalgamadas, pero también pueden desmezclarse; asimismo, producen efectos una contra la otra (muerte vs de vida) o se combinan entre sí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario