martes, 30 de enero de 2024

Instancias psíquicas

 El aparato psíquico se compone de tres instancias psíquicas: ello, yo, superyó.

El ello es la instancia psíquica más antigua, el núcleo de nuestro ser, donde las pulsiones de vida y muerte ejercen su acción eficiente, y cuyo contenido es todo lo heredado, lo establecido constitucionalmente. No tiene contacto alguno con el mundo exterior, sino que es gobernado exclusivamente por lo inconsciente, que obedece intransigente al principio de placer, y cuyo mundo de percepción es particular, pues se refiere sólo a las oscilaciones en la tensión de necesidad de sus pulsiones, cuyas alteraciones devienen conscientes, a través de otras instancias (Preconsciente, Consciencia) como sensaciones de placer y displacer.


El yo, por su parte, es una instancia que se ha desarrollado desde el ello bajo el influjo del mundo real-objetivo y del Preconsciente; si bien se asienta sobre el ello, no lo cubre por completo, ni está separado de éste, sino que confluye con él y, por lo mismo, una parte de él es inconsciente. El yo se guía por el placer y el displacer, es él quien se afana por remplazar el principio de placer por el principio de realidad, gracias a lo cual se desarrolla desde la percepción de las pulsiones hacia su gobierno, pues su tarea es la autoconservación.


Para cumplir con su tarea de autoconservación, toma noticia de los estímulos (exteriores e interiores), los almacena en la memoria, evita estímulos moderados y aprende por un lado, a alterar el mundo exterior mediante actividades y, por el otro, a ganar imperio sobre las pulsiones en el ello, al decidir si las satisface, si posterga la satisfacción, o si sofoca totalmente sus excitaciones. 


Lo anterior significa que es él quien media entre el ello y el mundo exterior (es representante de este último), pretendiendo que el segundo se imponga sobre el primero, aunque en realidad traspone en acción la voluntad del ello como si fuera la suya propia: es un siervo sumiso que corteja el amor de su amo (el ello); aún más, Freud lo define como una pobre cosa que está sometida a tres servidumbres (la libido del ello, la severidad del superyó, y el mundo exterior), por lo que no es amo en su propia casa, pues depende de las mezquinas noticias de lo que ocurre, inconscientemente, en su alma.


La conciencia depende del yo, así como la motilidad, la razón, la prudencia, el criterio con el que se mide al mundo, quien por las noches se va a dormir, y que ejerce la represión.


Ahora bien, en tanto el yo se desarrolla desde el ello, se distancia también del narcisismo primario, se empobrece a favor de las investiduras de objeto y, posteriormente, se enriquece por las satisfacciones de objeto y por el cumplimiento del ideal del yo. Respecto de las pulsiones de muerte, les presta auxilio para dominar a la libido, lo cual implica que él mismo cae en peligro de devenir objeto y sucumbir ante ellas; para evitarlo, tiene que llenarse de libido él mismo y, como consecuencia de esto, deviene subrogado de las pulsiones  de vida: quiere vivir y ser amado.


Finalmente, la instancia del superyó es una pieza del yo que se forma como resultado de dos factores biológicos: el desvalimiento y la dependencia prolongados durante la infancia, y el complejo de Edipo. Su formación parte de la identificación inicial con el padre (que tiene el carácter de una desexualización) subroga, por una parte, la función protectora y salvadora que al comienzo recayó sobre el padre y, por otra, la influencia crítica que el padre ejerció sobre el infante (a la que después se le suma la de los educadores, maestros, prójimos, opinión pública, entre otros). Por lo anterior, emite ante el yo la advertencia de deber ser como el padre y, al mismo tiempo, la prohibición de que no le es lícito ser como el padre, pues no puede hacer todo lo que él hace (tener comercio carnal con la madre).


El superyó ejerce las funciones de observación de sí, de conciencia moral, de censura onírica y el ejercicio de la principal influencia en la represión: su actividad es censora. La intensidad y rigurosidad de la severidad del superyó (que es continuación de la severidad de la autoridad externa, relevada y en parte sustituida por ella), dependerá de qué tan intenso fue el complejo de Edipo y de lo rápido que se produjo la represión; asimismo, al limitar que la pulsión de muerte sea enviada hacia fuera, la introyecta y reenvía al yo propio, de tal suerte que mientras más se limita hacia fuera, se vuelve más moral, severo, agresivo y terriblemente cruel contra el yo. 


Aunque el yo se someta al imperativo categórico del superyó, eso no significa que el deseo deje de existir y, en tanto nada puede escondérsele al superyó, éste castiga al yo con el sentimiento inconsciente de culpa y, aunado a esto, la renuncia de lo pulsional deja de tener un efecto satisfactorio pleno. Como consecuencia, habrá una desdicha interior permanente.

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